lunes, 22 de febrero de 2010

Palabra de Dios del Martes 23 de Febrero del 2010

Tiempo de Cuaresma
23 de Febrero de 2010
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Liturgia de las Horas: 1ra. Semana del Salterio
Color: Morado
Santoral

Lecturas de la liturgia
  • Primera Lectura: Isaías 55,10-11
    "Mi palabra hará mi voluntad"
    Así dice el Señor: "Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo."
  • Salmo Responsorial: 33
    "El Señor libra de sus angustias a los justos."
    Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
    ensalcemos juntos su nombre.
    Yo consulté al Señor, y me respondió,
    me libró de todas mis ansias. R.
    Contempladlo, y quedaréis radiantes,
    vuestro rostro no se avergonzará.
    Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha
    y lo salva de sus angustias. R.
    Los ojos del Señor miran a los justos,
    sus oídos escuchan sus gritos;
    pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
    para borrar de la tierra su memoria. R.
    Cuando uno grita, el Señor lo escucha
    y lo libra de sus angustias;
    el Señor está cerca de los atribulados,
    salva a los abatidos. R.
  • Evangelio: Mateo 6,7-15
    "Vosotros rezad así"
    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros rezad así: "Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno." Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas."
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Comentario: Mi palabra no volverá a mí vacía

23-02-2010 Is 55,10-11; Sal 33; Mt 6,7-15
Muchas páginas del profeta Isaías son deliciosas. Como las de hoy. Es el Señor quien nos lo dice. Su palabra baja a nosotros, empapa nuestro ser, damos semillas y frutos, y vuelve a él. De esto modo su palabra no queda vacía. Su palabra hará su voluntad y cumplirá su encargo, fructificando en nosotros. Genial manera de señalarnos que pendemos de él, dependiendo de nosotros. Su palabra que viene a nosotros no es una orden de obligado cumplimiento. Sino suasión de lluvia y mansa nieve que empapa la tierra que somos para que nosotros demos el fruto. Mirando las cosas con tiquismiquis exigentes, es verdad, todo es suyo. Al fin y al cabo ya lo sabíamos, somos criaturas suyas. Él nos ha creado y él nos sostiene. Si no, caeríamos en la inexistencia del no-ser. Pero la palabra del Señor que nos escribe Isaías es más sutil, más llena de libertad. No somos carne de obligado cumplimiento, sino que, empapados por la palabra que cae sobre nosotros, en nosotros crecen frutos. Frutos de vida eterna. De este modo, su palabra cumplirá el encargo que el Señor Dios le ha dado. Y sabemos muy bien quién es esa palabra. No el agua y la nieve del cielo, aunque también, sino quien es la Palabra de Dios.
Contempladlo, pues, y quedaréis radiantes. Nuestro rostro no se avergonzará. Pues producimos frutos de vida eterna. Nuestra carne, en el suave mojamiento de esa Palabra, produce frutos que, siendo nuestros, nos son dados desde lo alto. Por eso, como sigue el salmo, los ojos del Señor nos miran a nosotros, los que, por él, con él y en él, somos los justos. No justos de apreturas nuestras, sino justos de misericordia, justificados por su gracia. Por eso, cuando gritamos al Señor él nos escucha. Porque el Señor, con su Palabra, está cerca de nosotros, los atribulados. Nos salva a los abatidos. Qué hermosura y qué verdad cuando el presidente de la acción litúrgica nos dice una y otra vez: el Seños esté con vosotros. Es un deseo, una buena voluntad que se convierte en una seguridad, porque, de cierto, el Seños está con nosotros. Él, que es la Palabra que el Señor hace descender sobre nosotros, produce en nosotros y con nosotros frutos de vida eterna. Contempladlo, y quedaréis radiantes.
¿Necesitaremos en la oración, por tanto, muchas palabras? No, pues todo ha sido dicho ya, y él conoce muy bien todo lo nuestro. Todo se nos ha dado. Simplemente a partir de ahora llamaremos Padre a Dios. Cosa nueva, inauditamente nueva, de cuya novedad nos olvidamos demasiadas veces. Sólo con esto lo nuestro será ya un Nuevo Testamento. No mi Padre, cuya verdad queda sólo en Jesús. Sino que diremos Padre Nuestro. De este modo, cada vez que oremos, estaremos rezando por todos. Así, nunca nos olvidaremos de ellos en nuestra oración. Y, después, desgranaremos las peticiones de que consta esta sencilla oración. Sorprende su limpidez. Dios, nosotros, el prójimo, nuestras necesidades y acciones, aunque también el Maligno, ¿nos olvidaremos de él, tal como traduce hoy el evangelio de Mateo? Parece que a Jesús no se le menciona siquiera. Como si fuera una oración para todos los creyentes, para cualquier creyente. Es posible, pero no podemos olvidar que es Jesús mismo quien nos enseña esta manera de orar y, en segundo lugar, que su presencia está incluida con toda su enorme potencia en que nos enseña a llamar a Dios Padre Nuestro, porque es Padre suyo.

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