miércoles, 31 de marzo de 2010

Palabra de Dios del Martes 30 de Marzo del 2010

Liturgia de las Horas: 2da. Semana del Salterio
Color: Morado
Santoral

Lecturas de la liturgia
  • Primera Lectura: Isaías 49, 1-6
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    Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: "Tu eres mi esclavo (Israel), de quien estoy orgulloso".
    Mientras yo pensaba: "En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas", en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios.
    Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel, -tanto me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza-. Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel: te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.
  • Interleccional: Mi boca contará tu auxilio

    A ti, Señor, me acojo:
    no quede yo derrotado para siempre;
    tú que eres justo,
    líbrame y ponme a salvo,
    inclina a mí tu oído, y sálvame. R.
    Sé tú mi roca de refugio,
    el alcázar donde me salve,
    porque mi peña y mi alcázar eres tú.
    Dios mío, líbrame de la mano perversa. R.
    Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza
    Y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
    En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
    en el seno, tú me sostenías. R.
    Mi boca contará tu auxilio,
    y todo el día tu salvación.
    Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
    y hasta hoy relato tus maravillas. R.
  • Evangelio: Juan 13, 21-33. 36-38
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    En aquel tiempo, Jesús, profundamente conmovido, dijo: Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.
    Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía. Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, estaba a la mesa a su derecho. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces el, apoyándose en el pecho de Jesús, le pregunto Señor: ¿quién es?
    Le contestó Jesús: Aquél a quien yo le dé este trozo de pan untado. Y untando el pan se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: Lo que tienes que hacer hazlo en seguida.
    Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.
    Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche. Cuando salió dijo Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él (Si Dios es glorificado en el, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará).
    Simón Pedro le dijo: Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: Adonde yo voy no me puedes acompañar ahora, me acompañarás más tarde. Pedro replicó: Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti. Jesús le contesto: ¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces.
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Comentario: ¿Por qué no puedo acompañarte? Daré mi vida por ti

30-03-2010 Is 49,1-6; Sal 70; Ju 13,21-33.36-38
Qué diferencia entre el Iscariote y Pedro. Es verdad que ambos se hacían una idea muy confusa de los caminos de Jesús, pero mientras el primero lo traiciona, vendiéndole por treinta monedas, Pedro, una y otra vez, aunque se haga una idea falsa, quiere seguirle, quiere protegerle, quiere ir a donde él vaya. Jamás le traiciona. Se espanta, eso sí. Se hunde en las aguas por las que, en su seguimiento, quiere correr. Ahora, justo antes de que le abandone y reniegue de él, dice que ha de dar su vida por él. Sí, lo hará, pero todavía le falta mucho para llegar hasta ahí. Debe pasar también él por la cruz de Cristo, por su muerte y su descenso a los infiernos, por su resurrección de entre los muertos. A donde yo voy no me puedes acompañar ahora, me acompañarás más tarde. Y, como con una cariñosa caricia, le hace ver lo que va a ser su realidad. No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces.
No sé quien sorprende más, si el empeño tozudo de Pedro en lo que no puede, en negar su miedo y su fragilidad, la capacidad de verse en lo poco que es cuando todavía no ha sido confrontado a la cruz de quien tanto ama, porque esto no se puede negar, Pedro amaba a Jesús con pasión, quería seguirle por sus caminos por encima de toda posibilidad y de cualquier esfuerzo, o Jesús que nunca le deja, ni siquiera cuando le niegue tres veces. ¿Olvidaremos esas palabras de la pasión según Lucas? Tras el canto del gallo, el Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de lo que le había dicho. Y lloró amargamente.
Uno se ahorcó en sus propias ideologías, Judas el Iscariote. El otro, el inconmensurable Pedro, lloró amargamente ante la mirada de Jesús. ¿De dónde sale esa mirada? Volviéndose, dice Lucas; quizá porque le traían y llevaban. Mirada no de reproche, que hubiera llevado también a Pedro a la desesperación. Mirada afectuosa. Mirada de amor. Mirada que le llego a Pedro hasta los entresijos más profundos de su alma. Y ahí tenemos, al duro patrón de pesca de Galilea, llorando amargamente. Qué hermosura.
¿Nos mirará a nosotros también Jesús, haciéndonos llorar lágrimas amargas? Amargas por el sabor que dejan en nosotros. No en amargura. Al contario, que abren nuestros ojos a la cruz de Cristo. Que nos permitirán verle ahí donde está. Porque, a nosotros, quizá, es en la cruz donde se volverá para mirarnos. Pedro no supo correr, entonces, al pie de la cruz. Seguramente, tampoco nosotros. Pero a Pedro se le abrieron las carnes y comprendió dónde se le ofrecía su Señor. Porque comprendió en su llorar, aceptó el hecho de la cruz. Pablo lo dice de un modo asombroso que recoge la liturgia de hoy en la comunión: Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó a la muerte por nosotros. Palabras que nos dejan estupefactos y nos hacen comprender la fuerza de esa mirada. Pues esa muerte en cruz es por nosotros. No un evento casual de la historia. No es algo que acontece pues quiere contradecir lo que nosotros somos. La cruz de Cristo es por nosotros. En el doble sentido de que nosotros hemos ayudado con nuestra acción y con nuestra pasión a elevarle en la cruz. Pero, sobre todo, para nuestra redención del pecado y de la muerte.

(http://www.archidiocesisdemadrid.com/comentarioevangelio/)

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